"¿Estás cómodo en tu cuarto, necesitas más abrigo, qué harás este fin de semana?..." Compartir las pequeñas o grandes cosas cotidianas con una familia local no serán producto de la simulación de una clase, sino la situación real, impregnada no sólo del idioma con el que nos comunicamos, sino de las necesidades físicas y emocionales que obligan a un individuo a hablar y relacionarse. Es casi imposible olvidar una palabra, un modismo, un verbo erróneamente usado, que corregimos con la comprensiva ayuda de alguno de nuestra "familia" temporaria, para entender o ser entendidos.
En el aula nos corrige el profesor, o deducimos nuestro error por imitación, pero allí falta el vínculo directo con nuestro interlocutor dentro de un contexto real. El error es teórico, no práctico, por lo tanto puede repetirse sin otras consecuencias que la advertencia de nuestro instructor o la mirada sorprendida de algún compañero más avanzado. El clima en familia es diferente. El alumno no está allí para ser calificado, sino para ser comprendido, y aquí la motivación por entender y ser entendido es tan poderosa que ambas partes apelan a todos sus recursos: el alumno venciendo inhibiciones, usando lo que sabe, incorporando lo que escucha, la familia guiándolo sin ansiedades por el camino de una conversación fluida.
Por otro lado, alojarse en el campus es sin duda una experiencia fantástica para un joven. Su dinámica nunca se detiene, se mezclan nacionalidades, deportes, festejos, un ambiente de fiesta en los dorms, sólo acallado por la hora tope en que el reglamento disponga "silencio". Con el compañero de cuarto –que seguramente hablará otro idioma (no el nativo del país)-, también harán enormes esfuerzos por entenderse usando todos los recursos disponibles, aunque sus errores idiomáticos pasen desapercibidos por ambas partes. Al mismo tiempo, como no es fácil relacionarse con los alumnos nativos estudiando sus carreras en el campus, es más difícil de establecer el "idioma real en vivo" en la comunicación diaria.
Comentaba un alumno muy sabiamente: "cuando uno se aloja con una familia debe estar muy atento a las palabras, si la señora de la casa pregunta, por ejemplo, si te gustan los repollitos de bruselas (brussels sprouts), es mejor que si no conoces la palabra la averigües, de lo contrario podrías terminar comiéndolos esa noche aunque los detestes!". "¿Cuándo notaste que tu inglés comenzaba a mejorar?" le pregunté a una joven estudiante que había vivido con una familia inglesa durante sus tres meses de curso. "Cuando la hija menor de cinco años me pidió que le leyera cuentitos antes de dormir... y ambas seguíamos la historia, ¡sin acordarnos de mi acento!".
"Acabo de llegar de Taiwan" me contó otro alumno, ante mi sorpresa, ya que lo suponía regresando de EE.UU., en donde había estado estudiando inglés un trimestre. "Hicimos una amistad entrañable con mi compañero de cuarto en el campus, quien me invitó a pasar dos semanas en su casa en ese país".
¿Campus o familia? Personalmente, creo que mientras la aventura de vivir en un campus es única para cualquier joven en el mundo, la experiencia de ser alojado por una familia nos lleva sin rodeos al corazón mismo del idioma nativo a cuyo encuentro fuimos convocados.